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Ejército
del Mercosur: NO.
JAVIER
GARCIA
Diputado
Camara de Representantes
Hay
parejas que enfrentadas a un problema de relación
deciden tener un hijo para ver si la llegada del niño
resuelve sus diferencias. Casi sin excepción el final
es el mismo, la pareja se separa y el pequeño queda
rehén de la situación.
Con el Mercosur está pasando lo mismo. El acuerdo
comercial y económico de los cuatro países
fundacionales se ha desvirtuado y somos testigos hoy de
una mesa bilateral donde Brasil y Argentina resuelven y
luego comunican a los socios menores sus resultados. Se
profundizan ahora los entendimientos políticos con
la suma de Venezuela, que claramente inclina la balanza
hacia un acuerdo ideológico.
Desde
Argentina se
cerraron los puentes del litoral y se amenaza nuevamente
con otros en verano y desde Brasil se
impidió el ingreso de nuestro arroz, en actitud
reiterada en el tiempo. Sin embargo aquí el canciller
Gargano afirma que el acuerdo regional salió fortalecido
de Córdoba.
A
un Mercosur que se encuentra con estos problemas, que hablan
tan mal de la capacidad de entendimientos entre sus miembros,
se agrega ahora la idea de integrar las Fuerzas Armadas
de la región.
Lejos
aún de resolver los temas comerciales, ha surgido
la idea de integrar los ejércitos. Es el ejemplo
de la pareja del comienzo.
La
propuesta surgió, como
no podía ser de otra forma, de Chávez,
quien se encuentra en una carrera armamentista colosal.
Desde
Uruguay se ha hablado de una "agenda común de
defensa" del bloque, que no es lo mismo, pero puede
ir en esa dirección si no se tiene cuidado.
Las
diferencias en las capacidades bélicas de las Fuerzas
Armadas de la región son notorias. Nuestros ciento
ochenta millones de dólares de presupuesto en la
materia no se acercan a los miles de millones que nuestros
socios destinan, y por lo tanto los liderazgos de esta integración
se terminarán definiendo por la capacidad militar
de cada país. Los poderosos serán, por añadidura,
también los que definan las hipótesis de conflictos
probables. ¿Uruguay concibe los mismos enemigos reales
o potenciales que Venezuela?, o ¿Uruguay tie-ne la
misma concepción de la defensa medioambiental que
Argentina?
La
estabilidad democrática en la región es un
bien a resguardar. Sabemos, sin embargo, que la definición
de las amenazas en cada país pueden ser diferentes.
Correríamos
el peligro, si esta idea de unificación de hecho
prosperara, de ser introducidos, por ejemplo ante hechos
de insurgencia interna, en los asuntos de otro Estado, así
como otros podrían entender necesario internarse
en los nuestros si tuviéramos problemas que otros
asumieran como amenazas propias.
De
esto deriva una entrega grave de soberanía y termina
con los pilares básicos de nuestra política
internacional definida, entre otras, por la no interven-
ción y el respeto a la autodeterminación.
Despacio
entonces con los pactos en defensa. Tenemos el triste, y
aún vigente, TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca). Recordemos durante la guerra de las Malvinas
a qué obligaba a sus miembros, Estados Unidos incluido,
y ¿para qué sirvió?
Sujetar
nuestras decisiones militares a bloques ideológicos
o comerciales es asociar nuestro destino a la inestabilidad
y comprar un enorme problema.
Los
"paraguas" para la seguridad regional pueden terminar
en que algunos tienen el mango y otros tienen por destino
mojarse.
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