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¿Qué
quiere Brasil con Sudamérica?
Brasil como un poder regional y
sus relaciones con los Estados Unidos
por el Profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira*
Lo
que se puede leer a continuacion es una nota del Profesor
y Cientista Politico Luiz Alberto Moniz Bandeira para la
publicación norteamericana Latin American Perspectives,
Vol. 33, traducido al español por Cristina Iriarte
y corregida por el autor, en exclusividad para La ONDA digital.
Desde
mediados del siglo XIX, los intereses de Brasil se han confrontado
con los de las grandes potencias industriales. Su alineación
con los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX
reflejó su dependencia de las exportaciones de café
y del mercado Norteamericano, y aún así, no
siempre aceptó en forma pasiva el predominio de EE.UU.
Una consecuencia inevitable de la ambición de Brasil
de ganar su legítimo lugar de prominencia en la estructura
internacional de poder, lo ha conducido a marchitar dicha
alianza no escrita a lo largo del último cuarto de
siglo. Brasil ha mejorado sostenidamente sus lazos con otros
países sudamericanos en un esfuerzo por expandir
su margen de maniobra e incrementar su poder de negociación.
Mientras la actual administración ha mantenido relaciones
amistosas con los Estados Unidos, aún existen divergencias
entre los dos países.
En
particular, en lo que se refiere a los otros países
sudamericanos,
Brasil tiene serios intereses económicos y políticos
que van en contra del propuesto Tratado de Libre Comercio
para las Américas.
Para
entender el rol de Brasil como potencia regional o de nivel
medio en América Latina, es importante comenzar por
definir lo que es una potencia. Tres factores deben ser
tenidos en cuenta en valoraciones de la jerarquía
de poder entre estados: extensión territorial, poder
económico y poder militar. Estos son factores que
permiten que los estados actúen independientemente
y puedan influir en otros estados y, por lo tanto, determinar
en que condiciones el se expresa la condición de
ser una potencia internacional. Un estado equipado con fuerza
militar resume el valor de su extensión territorial
(asumiendo, por supuesto, que su población se corresponde
con ésta) y su potencial económico. Se vuelve
hegemónico, la cabeza y guía de un sistema
de alianzas y acuerdos de variado alcance.
Para
contar con todos los factores que brindan la seguridad de
la victoria, tanto como pueda preverse la misma, se requiere
la capacidad de ejercer presión diplomática
la capacidad de obtener parte de lo que podría
ser el resultado de una guerra victoriosa sin pelear realmente
(Gramsci, 1976; 191). Asimismo, la paz interna, reflejando
el ejercicio eficiente de los grupos sociales y de su función
interna hegemónica, es indispensable si el estado
pretende ser una potencia internacional. En otras palabras,
como dijo Kart W. Deutsch, el potencial de status de poder
es una mera estimación de los recursos materiales
y humanos que puede usarse para predecir cuan exitoso puede
ser un país en una pugna de poder si usa sus recursos
como ventaja (1967: 52).
De
acuerdo con Deutsch, cuanto más extenso es el país
y a cuan numerosa es su población, será la
medida de la proporción de su población y
los recursos que pueden ser movilizados para la concreción
de alguna política (57). Con más de 186 millones
de habitantes (en 2005) Publications ,la extensión
territorial de Brasil es sólo un poco menor que de
Estados Unidos continental, incluyendo Alaska. Suma cerca
de 8.514.215 millones de kilómetros cuadrados y tiene
una costa de 7.367 kilómetros. Comparte 15.735 kilómetros
(alrededor de 8.000 millas) de límite con todos los
países de Sudamérica, excepto con Ecuador
y Chile. Es un atributo de la diplomacia brasileña
que, al contrario de otros muchos países, sus límites
son completamente indiscutibles. Dentro de este vasto territorio,
los recursos naturales abundan: tierras de fértil
agricultura, reservas colosales de hierro y minerales metálicos,
uranio, y petróleo y enormes recursos hidroeléctricos.
La
economía de Brasil es, de acuerdo al método
de la paridad del poder de compra, utilizado por el Banco
Mundial, el noveno mayor centro de mercado básico
de producción, con un producto bruto interno (PBI)
de U$S 1.580 trillones (est. 2005), más de tres veces
superior al de Argentina U$S 537 billones (est. 2005), mayor
que el de Rusia de U$S 1.535 billones, Canadá de
U$S 1.077 trillones (est. 2005), Méjico de U$S 1.816
trillones (est. 2005), y España de U$S 1.014 trillones
(est. 2005), y algo menor que el de Italia (U$S 1.645 trillones,
est. 2005), Francia (U$S 1.816 trillones, est. 2005) y el
Reino Unido (U$S 1.867 trillones, est. 2005) Publications
.
Desde
mediados del siglo XIX, los intereses de Brasil han estado
siempre en conflicto con aquellos de los grandes poderes
industriales, especialmente el Reino Unido y los Estados
Unidos. En 1850 Brasil enfrentó y resistió
la presión de los Estados Unidos para abrir el río
Amazonas. En 1863, luego de dos décadas de fricción,
rompió relaciones diplomáticas con Gran Bretaña,
resistiendo a intensa presión para renovar un acuerdo
comercial denunciado en 1842. Las relaciones entre los dos
países fueron reestablecidas en 1865, durante la
guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1864-1870),
cuando Brasil necesitó préstamos para compra
de provisiones militares.
Esta
guerra, movida juntamente con la Argentina y Uruguay, tuvo
graves consecuencias para la situación económica
y política de Brasil, sin embargo de que la Triple
Alianza emergiera victoriosa. Brasil sólo ganó
deudas externas y quedó exhausto y económicamente
debilitado, mientras que Buenos Aires, donde Brasil había
gastado bastante dinero en suministros de tropas, se enriqueció
y fue finalmente capaz de unificar, organizar y centralizar
el estado Argentino. De esta manera, durante las dos últimas
décadas del siglo XIX, Argentina fue por primera
vez capaz de igualar a Brasil.
Ambos
países continuaron siendo predominantemente agrícolas
hasta las primeras décadas del siglo XX, participando
en la economía mundial como exportadores de commodities
e importadores de productos manufacturados. Histórica
y geográficamente unidos por fronteras comunes, Brasil
y Argentina, cuyas economías eran largamente complementarias
debido a las diferencias en las condiciones de suelo y climáticas,
mantuvieron las más fuertes relaciones comerciales
bilaterales desde la época de la colonia. Sin embargo,
la diferente naturaleza de sus principales exportaciones,
determinó lazos de dependencia a los mercados de
potencias industriales diferentes y rivales, cuyos intereses
competitivos aportaron mayor stress a las relaciones ambivalentes
entre ellos, produciendo ambos tendencias hacia el conflicto
y cooperación que recíprocamente se neutralizaban.
En la segunda mitad del siglo XIX Argentina se convirtió
en una especie de colonia informal de Gran Bretaña,
el así denominado Quinto Dominio, ocupando una posición
dependiente para la cual no existía un paralelo exacto.
Gran Bretaña fue su principal socio, comprando el
76% de sus exportaciones de carne en la década de
1920 y 34% de su trigo.
Al
mismo tiempo, Brasil se volvía fuertemente dependiente
del mercado norteamericano para una gran proporción
de sus exportaciones, que aumentaron del 32,2% en 1913 al
47,1% en 1927 (Moniz Bandeira, 1973: 191). No obstante,
la tradicional amistad de Brasil con los Estados Unidos
y su secular rivalidad con Argentina constituían,
en gran medida, un estereotipo ideológico destinado
principalmente a influenciar sus políticas exteriores
y el sistema de relaciones internacionales del hemisferio
a favor de ciertos intereses.
De
hecho, la alineación con Estados Unidos en la primera
mitad del siglo XX reflejó la situación de
simbiosis económica en la que Brasil era entre un
60 y 70% dependiente de sus exportaciones de café
y el café del mercado norteamericano. Pero las relaciones
entre las dos naciones atravesaron diversas fases desde
la muy estrecha cooperación durante la Segunda Guerra
Mundial hasta mediados de los 70s, cuando experimentaron
una presión sustancial. Tanto estratégica
como políticamente, la importancia de Brasil para
los Estados Unidos fue enorme durante la guerra debido a
su posición geográfica inmediatamente al sur
del Ecuador y en la boca del Amazonas, introduciéndose
largamente dentro de Sudamérica y con extensiones
al este Natal y Recife cerca de África.
Esto no implica que existiera un fuerte entendimiento o
que las relaciones entre los dos países hayan sido
fluidas en aquel momento. De hecho, aún durante ese
período Brasil no aceptó siempre en forma
pasiva la predominancia de Estados Unidos.
La
necesidad de cierta reciprocidad refuerza esta relación
económica y política, y las divergencias entre
los dos países son trazables desde el inicio de la
primera administración Vargas, luego de la Revolución
de 1930. Vargas mantuvo lazos con Alemania en la década
de 1930 y jugó con las contradicciones internacionales
mediante la adopción de una posición neutral
en la guerra hasta 1942. El aspiraba durante la Segunda
Guerra Mundial alcanzar mayor autonomía para Brasil
en la arena internacional y a través de esto crear
mejores condiciones para desarrollar su poder regional.
Declaró que debería asignarse un lugar permanente
a un país sudamericano indudablemente Brasil
en algún consejo de seguridad mundial, pero
aunque Roosevelt favoreció esta demanda, los Estados
Unidos no apoyó la idea en Dumbarton Oaks y en la
Conferencia de San Francisco.
Mientras
que el Presidente Eurico Dutra, sucesor de Vargas, adhirió
a una estricta política exterior pro Estados Unidos,
Brasil se resintió por este desaire y por el hecho
de que los Estados Unidos brindaron ayuda económica
a través del Plan Marshall a Alemania e Italia, enemigos
derrotados, pero dejó de asistir a la exitosa industrialización
de Brasil, un país aliado que había cooperado
con los esfuerzos de la guerra mucho más que cualquier
otra nación sudamericana.
Por
lo tanto, las dificultades en las relaciones Brasil-EE.UU.
se tornaron más sutiles y empeoraron hacia fines
de los 50s. El principal nivel de contención fue
la política nacionalista adoptada por Vargas, quien
había sido electo por un segundo período y
priorizó el desarrollo económico de Brasil
por encima de los asuntos políticos y militares considerados
fundamentales por los Estados Unidos. El rápido crecimiento
industrial llevó a Brasil a procurar una modificación
de las relaciones entre los Estados Unidos y los países
de América Latina como parte de su emergente identidad
como una potencia capitalista que aspiraba a realzar su
status en las Américas y en el mundo. Vargas, en
medio de una crisis política, se suicidó en
1954, pero Juiscelino Kubitschek, apoyado por las mismas
fuerzas políticas el Partido Social-Demócrata
y el Partido Trabalhista Brasileiro ganó la
elección y, durante el mismo (1956-1961), resistió
a todas las presiones y avanzó hacia el proceso de
industrialización. Su propuesta de una Operación
Panamericana en 1958, la ruptura con el Fondo Monetario
Internacional en 1959, y el restablecimiento del comercio
con la Unión Soviética fueron demostraciones
de que Brasil era un país maduro que merecía
ser considerado serio por parte de las grandes potencias.
Esta
tendencia se fortaleció durante la breve administración
del Presidente Jânio Quadros (Enero-Agosto 1961),
cuya política externa independiente anhelaba lograr
apoyo interno para su gobierno y mejorar el poder de negociación
vis-a-vis de Estados Unidos. Aumentó el estrechamiento
de las relaciones Brasilia-Buenos Aires, las cuales el Presidente
Kubitschek había incrementado mediante continuas
consultas con el gobierno Argentino, y formalizado este
acuerdo con el presidente Argentino, Arturo Frondizi (1958-1962),
en la ciudad fronteriza de Uruguayana en Abril de 1961.
El
carácter independiente de la política externa
Brasileña fue enfatizado por la defensa de la soberanía
y la autodeterminación de Cuba, donde Fidel Castro
había liderado una revolución hacia el socialismo.
Aunque las autoridades de los EE.UU. sabían que Quadros
estaba utilizando una política exterior tendiente
a fortalecer su posición vis-a-vis de la izquierda
brasileña mientras trataba de imponer el programa
económico y financiero requerido por el Fondo Monetario
Internacional y las instituciones financieras de EE.UU.,
tenían la preocupación de que el uso de una
política exterior para resolver los problemas internos
tuviera resultados inesperados y no deseados. Con la expectativa
de forzar al Congreso para que le otorgara poderes extra-constitucionales,
Quadros renunció, pero aún luego de su renuncia
la política exterior independiente permaneció
intacta. Los jefes militares habían intentado sin
éxito impedir que el Vice-Presidente João
Goulart (líder del Partido Trabalhista Brasileño)
asumiese el gobierno de Brasil, y Goulart, una vez en el
poder, dio énfasis a la política exterior
que requería que se brindara una consideración
exclusiva a los intereses de Brasil, que aspiraba al desarrollo,
emancipación económica y una reconciliación
histórica entre el gobierno representativo y la reforma
social para acabar con la opresión de las clases
trabajadoras. Restauró las relaciones diplomáticas
con la Unión Soviética, inició cambios
comerciales con la República Popular de China y continuó
resistiendo la presión de EE.UU. para sancionar a
Cuba. La oposición brasileña a la política
de aniquilar el régimen de Fidel Castro y las medidas
nacionalistas establecidas por el gobierno de Goulart atemorizaron
a los EE.UU. Las relaciones entre Brasil, donde la comunidad
comercial norteamericana participaba en las luchas sociales
internas, y los EE.UU. podrían sólo deteriorarse.
Por cierto, se tornaron crecientemente tensas, y la CIA,
mediante el intento de desbaratar varios tipos de operaciones
encubiertas, artificialmente agravaron la crisis interna
y contribuyeron al golpe de estado de 1964.
La
caída de Goulart y la asunción a la presidencia
del General Humberto Castelo Branco (1964-1967) significó
en estos términos una gran victoria para los Estados
Unidos más que una derrota de los comunistas, quienes,
tal como el Departamento de Estado de los EE.UU. sabían
bien, nunca tuvieron los medios para tomar el poder. Fue,
sin embargo, una gran derrota para las tendencias nacionalistas
que habían sido impulsadas por el proceso de industrialización
y por las luchas sociales desarrolladas en un momento en
que la nación estaba sufriendo por causa de una escasez
de recursos y experimentando el impacto de la Revolución
Cubana. Dominados por la mentalidad de una guerra fría
y temiendo el avance de las tendencias revolucionarias en
Sudamérica, los Estados Unidos, cuyos actores políticos
confundían frecuentemente comunismo con nacionalismo,
se esforzaron en forma creciente para convertir a Brasil
en un baluarte contra la influencia cubana más que
en una democracia. Los programas militares de EE.UU. tenían
como objetivo fundamental fomentar que las fuerzas latinoamericanas
se dedicaran por sí mismas al mantenimiento de la
seguridad contra el comunismo, la subversión inspirada
por Castro, contribuir a la defensa colectiva y promover
el desarrollo social y económico.
Consecuentemente,
la tecnología estadounidense, el entrenamiento y
el apoyo no podrían pero incitaron a los militares
brasileños a tomar el poder y adueñarse del
control de los asuntos internos. La política exterior
de Castelo Branco fue una mal llamada diplomacia de inspiración
geopolítica basada en la teoría de límites
ideológicos y en la eliminación de áreas
de conflicto con los Estados Unidos. Fue justificada por
la doctrina que en el contexto actual de confrontación
bipolarizada, con una radical brecha político-ideológica
entre las respectivas posiciones, la preservación
de la independencia requiere la aceptación de cierto
grado de interdependencia en los campos militar, económico
y político (Castelo Branco, 1964:9). Castelo
Branco creía que el abrazo de Goulart de estatismo
y nacionalismo, que desestimularon inversión extranjera,
habían causado desinteligencias con los Estados Unidos
y lo que se necesitaba era una rápida y a veces
difícil transformación en nuestra política
exterior. Asimismo, intentó liberalizar la
economía brasileña, rompió relaciones
con Cuba, envió tropas para apoyar la intervención
estadounidense en Santo Domingo y se avocó a la creación
de una fuerza de paz interamericana. El principio
Lo que es bueno para los Estados Unidos es bueno para
Brasil fue enunciado por Juracy Magalhães,
el embajador brasileño en Washington y posteriormente
ministro de relaciones exteriores (1971:275), y se tornó
un principio básico de la diplomacia brasileña.
Castelo
Branco trató de recuperar la vieja política
de marchar al ritmo de Washington que había sido
proclamado en 1914-1915 como el reflejo de una situación
de complementariedad económica, cuando Brasil enviaba
a los Estados Unidos entre el 60-70% de sus exportaciones
de café, su principal producción, y como contrapartida
dependía en grado similar del mercado estadounidense.
Sin embargo, luego del boom industrial de los 1950s, alentado
principalmente por el sector del acero, la vieja política
exterior estaba obsoleta. La complementariedad económica
disminuyó, y la alineación automática
con los Estados Unidos no estuvo más en el interés
nacional de un país en desarrollo como Brasil que
mantenía aspiraciones de convertirse en una potencia
mundial. Por lo tanto el gobierno de Castelo Branco sólo
pudo ser un breve y aberrante interludio, tal
como reconoció en una oportunidad el embajador estadounidense
John Crimmins (1982:50), y el cambio de rumbo de la política
de íntima identificación con los Estados Unidos
se tornó inevitable.
En
1967, el General Artur da Costa e Silva (1967-1969) sucedió
en el mando a Castelo Branco, el nacionalismo resurgió
por medio de una facción militar da directa radical,
y Brasil una vez más asumió una posición
competitiva contra los poderes industriales mediante la
expresión de solidaridad con las aspiraciones del
Tercer Mundo y considerando al poder global como el mejor
camino para asegurar un rápido crecimiento económico.
Por el contrario, Argentina, donde los militares habían
mantenido el poder desde la caída de Frondizi en
1962, permanecía económicamente estancada
y profundamente dividida políticamente. De hecho,
la inauguración del gobierno de Costa e Silva representó
la victoria de la línea dura de los militares, quienes
de ahí en más, de una u otra forma, determinaron
la dirección del régimen autoritario.
Los
lineamientos de la política exterior de Castelo Branco
fueron reemplazados por conceptos muy similares a los del
período de Quadros y Goulart y en cierta forma a
los principios que orientaron las relaciones Brasil-EE.UU.
en las eras de Vargas y Kubitschek. Costa y Silva enfatizó
que el desarrollo y la seguridad son conceptos estrechamente
ligados, donde el último depende del primero
(1968:131-132). La política externa brasileña,
sometida a mínimas presiones políticas e ideológicas,
forjaba lazos económicos con África y el Medio
Oriente y tendía a aumentar los mercados de exportación
como un instrumento de crecimiento económico. En
vez de auto-confinarse al escenario internacional de la
guerra fría como lo había hecho el gobierno
de Castelo Branco, Costa e Silva cimentó su política
exterior en el interés nacional como fue percibido
por la facción nacionalista de ultra-derecha de las
Fuerzas Armadas.
El
conflicto con los Estados Unidos sobrevino cuando bajo la
presión de lobbies la administración en Washington
pretendió limitar las importaciones de café
instantáneo brasileño, y eventualmente se
expandió más allá del área comercial.
En la Conferencia de Ginebra, Brasil se alineó con
países neutrales como India y la República
Unida de Arabia contra los propósitos conjuntos de
Estados Unidos y la Unión Soviética de limitar
las pruebas nucleares. Más tarde Brasil rehusó
apoyar el Tratado de No-Proliferación Nuclear, a
pesar de la fuerte presión del Departamento de Estado
de los EE.UU. Costa e Silva estableció que la energía
atómica era el recurso más poderoso
para situarse dentro del alcance de los países en
desarrollo para reducir la distancia entre ellos y los países
industrializados (1967:11-12). El crecimiento económico
de Brasil y su determinación por alcanzar el status
de poder mundial lo llevó a rechazar la política
de no-proliferación de tecnología nuclear
ya que cualquier compromiso en esta dirección podría
implicar una nueva forma de dependencia.
Estas
políticas brasileñas no variaron sustancialmente
durante la administración del General Emilio Garrastazu
Medici (1969-1973). A pesar de los reforzados lazos con
los países industrializados de Occidente y con el
capital financiero internacional, Brasil mantuvo su oposición
a la cristalización de posiciones de poder en el
sistema internacional, aduciendo que la verdadera paz no
podía ser definida como un mero mantenimiento del
status quo, en el cual Estados Unidos y la Unión
Soviética podrían predominar por causa de
su monopolio nuclear (Araujo Castro, 1982). Las aspiraciones
de Brasil no eran derrocar el orden internacional sino meramente
mejorar la posición de Brasil en la jerarquía
de poderes. Las tasas de crecimiento económico de
9, 10 y 11% anuales entre 1968 y 1973 reforzaron las aspiraciones
de Brasil de tornarse una potencia mundial, profundizando
las tensiones con los Estados Unidos, y las alternativas
para el desarrollo económico y mercados alternativos
para las exportaciones de productos manufacturados debían
procurarse principalmente en África y América
Latina.
Además
de exportar commodities tales como café, soya, citrus,
avícolas e incluso armas de alta tecnología,
Brasil comenzó a competir fuertemente en el mercado
mundial en la venta de manufacturas tales como calzado,
textiles y acero y, por lo tanto, se vio obligada a confrontar
con el proteccionismo llevado adelante por parte de Estados
Unidos y la Comunidad Econónica Europea. Así
es que fue forzado a desarrollar su pragmática y
ecuménica diplomacia, de la que, como el Presidente
Ernesto Geisel (1972-1979) estableció (1975: 145),
el fatalismo de posiciones, a priori, automáticas,
está excluido. Durante su administración,
las relaciones entre Brasil y los Estados Unidos afrontaron
crecientes dificultades. Fuera de todo intento por apaciguar
a Washington, Brasil reconoció que los gobiernos
revolucionarios de Angola, Mozambique y Guinea-Bissau, firmaron
el acuerdo nuclear con la República Federal de Alemania
y revocaron su acuerdo militar con los Estados Unidos en
medio de controversias acerca de la proximidad de los EE.UU.
a los derechos humanos y las decisiones nucleares. Tales
decisiones, junto con el desarrollo de material bélico,
la reserva del mercado de procesamiento de datos y otras
disputas comerciales, continuó creando y profundizando
las divergencias entre los dos países.
Diversos
factores acrecentaron la autonomía de Brasil. La
absorción de las exportaciones brasileñas
por parte del mercado de los EE.UU. disminuyó, en
parte debido a la caída de las importaciones de café.
La proporción de las exportaciones brasileñas
que iban a los Estados Unidos, las que habían alcanzado
un pico de 53% en 1944, había decrecido al 23% en
1972 y a menos del 20% en los años siguientes. Europa
Oriental y Occidental estaban adquiriendo más del
50% de las exportaciones brasileñas en 1971 y 1972.
Entre 1974 y 1980 las exportaciones brasileñas a
Europa Oriental y Occidental llegaron a más del doble
de sus exportaciones al mercado de EE.UU. El abastecimiento
en EE.UU. de importaciones brasileñas también
se estancó entre un 15 y un 21% (Moniz Bandeira,
1976:95). Desde la década de 1970s Brasil se ha convertido
en un global trader (comerciante global), y los productos
industrializados constituyen más de la mitad de sus
exportaciones, aparte de ser uno de los mayores exportadores
agrícolas del mundo.
El
interés de las empresas estatales, particularmente
aquellas que producían material bélico, floreció
bajo el régimen militar, y, al ser responsable por
la provisión de petróleo y por el aumento
de las exportaciones de productos manufacturados, estas
empresas orientaron la política exterior brasileña
hacia África, el Medio Orienta y América Latina.
La fricción con los Estados Unidos continuó
durante el período del General João Batista
Figueiredo (1979-1985). Aún durante el gobierno militar
de derecha, Brasil se opuso a la política de Estados
Unidos vis-a-vis de Nicaragua y El Salvador, continuó
apoyando los regímenes izquierdistas de Angola y
Mozambique, y asumió posiciones con relación
al Medio Oriente divergentes con las norteamericanas.
Brasil
tomó también la iniciativa para sobrellevar
y eliminar definitivamente las tensiones sobre la represa
hidroeléctrica de Itaipú al celebrar un tratado
tripartito con Argentina y Paraguay. La visita de estado
del Presidente Figueiredo a Buenos Aires en 1979 allanó
el camino para estrechar un acuerdo entre Brasil y Argentina.
Durante la guerra del Atlántico Sur acerca de las
Islas Falklands/Malvinas, Brasil se mantuvo nominalmente
neutral pero se volcó de forma bastante favorable
hacia Argentina y, aunque secretamente, prestó su
apoyo, incluyendo ayuda militar. En contraste con los Estados
Unidos, que se abstuvieron de tomar una posición
sobre el tema de soberanía, Brasil reconoció
la soberanía Argentina sobre las disputadas islas,
a pesar de que no apoyaron el uso de la fuerza para validar
dicha soberanía. Tras la guerra de Malvinas, los
gobiernos militares se extinguieron tanto en Argentina cuanto
en Brasil, así como en Uruguay, y sus relaciones
continuaron mejorando. José Sarney, el primer civil
que llegó a presidente de Brasil desde la caída
de Goulart en 1964, y Raúl Alfonsín, presidente
de Argentina, firmaron una serie de acuerdos económicos
y comerciales en 1986 que lanzaron un proceso que apuntaba
a la integración económica de las dos naciones
dentro de una unión aduanera y, después, a
un mercado común.
El
polo de desarrollo de la Cuenca del Río de la Plata,
que va desde San Pablo a Buenos Aires, fue la región
más rica en Sudamérica, más desarrollada
e industrializada que cualquier otra, siendo integrada además
por mejores sistemas de transporte y teniendo abundante
energía y los mercados consumidores con el más
fuerte poder de compra del continente.
Desde el apogeo del crecimiento económico de Brasil
de los años 1970s, los gobiernos militares que han
dominado en Brasil han desarrollado el concepto de grandeza
como la definición del propósito nacional,
pero en realidad la idea de la eventual emergencia de Brasil
como una gran potencia estuvo enclavada en la psiquis de
la elite brasileña mucho antes del golpe de estado
y está destinada a perpetuarse. Inevitablemente,
la ambición de Brasil de jugar un rol crecientemente
autónomo en el mundo y, al tiempo, ganar su legítimamente
lugar prominente en la estructura internacional de poder
ha perfilado fuertemente su relación con los Estados
Unidos durante la mayor parte del último cuarto de
siglo. Esta ambición aún persiste y el nuevo
milenio como un determinante fundamental de la política
exterior brasileña.
Desde
la década de 1930s donde existía una convicción
creciente de que si el país iba a concretar sus aspiraciones
para cumplir su destino manifiesto debería
aflojarse y romper finalmente los lazos de dependencia económica
que se percibían como impidiendo su progreso. Una
consecuencia inevitable de esta convicción ha sido
el gradual marchitamiento de la llamada tradicional alianza
con los Estados Unidos que ha conducido la política
exterior brasileña desde comienzos del siglo XX hasta
la década de 1950s. Desde entonces Brasil, haciendo
gala de su prominente desarrollo posterior a la II Guerra
Mundial, ha sorprendido largamente a Argentina como un nuevo
país industrializado y recuperado su preeminencia
en Sudamérica.
Aun
así, a pesar de que la inteligencia y el conocimiento
tienen un gran peso en el continente, Brasil se ha abstenido
de desplegar actitudes de alto perfil de liderazgo y trató
de preservar una clara identificación con las naciones
de Sudamérica, principalmente con aquellas situadas
en la Cuenca del Río de la Plata. Esto se realizó
para la construcción del MERCOSUR, cuyo establecimiento,
después de la Unión Europea, es el segundo
intento de unir naciones en un simple bloque económico
y ha adquirido una especial importancia en la política
global económica brasileña.
Durante
los 20 últimos años, Brasil ha aumentado sostenidamente
sus lazos con otros países sudamericanos más
allá de la Cuenca del Plata y continúa otorgándole
una alta prioridad al desarrollo de las relaciones intercontinentales.
Todos sus esfuerzos han sido dirigidos a la mayor diversificación
posible de los lazos políticos y económicos
como una forma de expandir su espacio de maniobra e incrementar
su poder de negociación. La meta de esta política
exterior es asegurar las condiciones internacionales para
el crecimiento económico y el reconocimiento de su
status presente como poder de nivel medio y la legitimidad
de su ambición de consolidar el MERCOSUR y obtener
una silla permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Esta meta está acompañada por la percepción
de que Estados Unidos puede ser tanto un excelente apoyo
como un poderoso obstáculo para su pretensión
y la sospecha de que no está realmente preparado
para aceptar un Brasil realmente independiente y fuerte
como un nuevo miembro del poder mundial y estados influyentes
y hará cualquier cosa para prevenir la consolidación
del Mercosur.
Brasil
reserva totalmente para sí mismo la identificación
de sus intereses nacionales en términos de su propia
percepción del mundo y está convencido de
que la rígida estructura de poder y riqueza en el
mundo debe ser cambiada. Actualmente los lazos entre Estados
Unidos y Brasil son firmes y se caracterizan por valores
básicamente distribuidos, respeto mutuo y una creciente
interacción política y económica. Brasil
posee la tecnología para armas nucleares pero no
está interesado en producirlas. El Presidente Fernando
Henrique Cardoso, cuya política exterior involucró
temas globales como la democracia y los derechos humanos,
libre comercio, protección del medio ambiente, y
la resolución pacífica de disputas, firmó
el Tratado de No-Proliferación Nuclear, pero las
disputas comerciales y la rivalidad persisten y están
aumentando. Brasil tiene diferencias con Estados Unidos
no solo en materia de medidas proteccionistas adoptadas
contra las exportaciones industriales brasileñas
al mercado norteamericano y una efectiva competencia en
los mercados del Tercer Mundo, sino también con relación
al Tratado de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
Debido
a que el comercio intra-MERCOSUR ha aumentando muchas veces
más que el comercio con terceros países, algunos
actores políticos norteamericanos han percibido la
iniciativa Brasil-Argentina como un golpe contra el libre
comercio global. Sin embargo, los Estados Unidos han influido
sostenidamente en el continente desde la primera Cumbre
de las Américas en Miami en 1994, cuando el Presidente
norteamericano George H. W. Bush (1989-1993) alentó
a los jefes de estado latinoamericanos a crear, en el año
2005, la mayor zona mundial de libre comercio, con una extensión
desde Alaska a la Patagonia.
El
gobierno de los EE.UU. sabe que la habilidad de crear empleo
y mantener el nivel de vida de su pueblo dependerá
del éxito que tenga en captar oportunidades comerciales
ofrecidas por los mercados emergentes como los de América
Latina. Como el anterior, el representante comercial de
EE.UU. Charlene Barshefsky estableció, el principio
fundamental de la política comercial de Clinton debía
ser apoyar la prosperidad del empleo en EE.UU. y la
salud de las compañías norteamericanas
(1997:42). Por lo tanto, algunas personas en los Estados
Unidos percibían al MERCOSUR como un tratado a los
intereses norteamericanos. Barshefsky, mientras describía
al MERCOSUR como una desarrollada unión aduanera
con ambiciones de expandir sus acuerdos de asociación
a toda Sudamérica, señaló que
el mismo tenía una claro objetivo estratégico
con miras a la expansión comercial y una posición
más sólida en los asuntos mundiales.
(1997:42). MERCOSUR significó Brasil
en su mente.
De
hecho, Brasil resistió todas las presiones para aceptar
el cronograma que pretendía el presidente Bill Clinton,
que al final fue incapaz de impulsar el proceso que se había
propuesto, en parte debido a dificultades internas. En noviembre
de 1997, cuando quedó claro que perdería el
voto en el Congreso, tuvo que retirar el proyecto de ley
solicitando la tan mentada autoridad fast-track que necesitaba
para negociar con los países de América Latina.
De esta manera, el balance de poder ha sido sutilmente desviado
hacia América Latina, quien, conducida por Brasil,
se está esforzando por consolidar el MERCOSUR no
sólo como un área de libre comercio sino como
un mercado común al estilo de la Unión Europea.
Clinton encontró que no tenía ninguna posibilidad
de imponer la agenda que pretendía en la Cumbre de
Santiago en Abril de 1998 permitiendo a Chile asociarse
al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Esta
cumbre, distinta a su predecesora en Miami, no fue concebida
por los Estados Unidos, y a pesar de que 34 presidentes
lanzaron las negociaciones para la creación del ALCA
no consiguieron establecerlo, como Clinton había
propuesto, antes del 2005.
A
fines de 1990s, sin embargo, una severa crisis económica
y una inestabilidad política nuevamente pusieron
en peligro a los países de Sudamérica que
habían establecido reformas en la política
económica tales como la privatización y la
liberalización del comercio, finanzas, liberalización
del mercado de capitales, inversión directa extranjera,
desregulación y disciplina fiscal. Estas reformas
habían fracasado en resolver los problemas existentes
y contribuyeron a un ensanchamiento de la brecha social.
Luego de una década de liberalización del
libre comercio impulsada por Washington no se ha dado una
reducción sustancial en Sudamérica de la extrema
inequidad y pobreza. Casi todos los países fueron
saqueados por la deuda externa y privatizaciones escandalosas.
El
General Charles W. Wilhelm, comandante en jefe del Comando
Meridional de los EE.UU., haciendo uso de la palabra frente
al Senado de los EE.UU. (2000), admitió que en Ecuador
como en otras naciones en su área de responsabilidad,
la democracia y las reformas de libre comercio no
están evidenciando resultados tangibles para la gente
y muchos países están peor económicamente
de lo que estaban antes de la restauración de la
democracia. Como había puntualizado Henry Kissinger,
ni la globalización ni la democracia has traído
estabilidad a los Andes (2001: 136). De hecho, no
solo los Andes sino casi todos los países de Sudamérica
se estaban incendiando, desde la guerra en Colombia hasta
las asonadas en Buenos Aires, y había un rechazo
popular a las reformas de libre comercio ya que se veían
como artífices de la profundización de la
pobreza y del descontento social y político.
El
31 de agosto Clinton visitó Colombia y adelantó
un programa (Plan Colombia) que proyectaba una inversión
de U$S 1.3 billones en ayuda militar al programa antinarcóticos
y a la campaña contra las guerrillas izquierdistas.
En los días siguientes el Presidente Fernando Henrique
Cardoso reunió a los presidentes de Sudamérica
en Brasilia para lanzar su más ambiciosa propuesta
para la unidad económica. Este fue el primer encuentro
presidencial en la historia de Sudamérica, y su Minuta
Brasilia contenía la promesa de crear el libre comercio
a la brevedad posible, económicamente uniendo 340
millones de personas en un área con una producción
económica combinada de U$S 1.3 trillones.
No
se hizo mención al Plan Colombia y el Presidente
de Colombia Andrés Pastrana rápidamente le
aseguró a los demás líderes que su
campaña antidrogas no conduciría a una intervención
militar de los EE.UU. La visita de Clinton a Colombia y
la cumbre de dos días en Brasilia reflejaron la contradicción
de los intereses económicos, políticos y geopolíticos
que estropeaban las relaciones EE.UU.-Brasil. Cardoso escribió
en la víspera de la cumbre que debería ser
un momento para la reafirmación de la identidad
Sudamericana con una región donde la democracia y
la paz avanzaran hacia proyectos para una aumento del proceso
de integración energética entre países
que viven juntos en el mismo vecindario (2000).
Los
Estados Unidos no vieron con buenos ojos esta reafirmación.
Kissinger, a pesar de reconocer que Brasil se veía
a sí mismo organizando Sudamérica mientras
que Estados Unidos jugaba el mismo rol en Norteamérica,
expresó francamente su idea de que el MERCOSUR había
comenzado a esforzarse por excluir a los Estados Unidos
de negociaciones bilaterales con otros socios tradicionales
en la región o perseguido acuerdos internos similares
a los que se daban en la Comunidad Europea en los campos
económico y político, pudiendo enfrentar a
los Estados Unidos con una serie de hechos consumados (Kissinger,
2001: 159-163). No obstante alguna crítica expresada
por Cardoso frente a ciertos aspectos de la política
de EE.UU. (unilateralismo, proteccionismo, etc.), muchos
brasileños percibieron su política exterior,
así como su política económica, como
un mero accesorio de la hegemonía de EE.UU. Pero
en Washington estaba claro que Brasil se alejaba crecientemente
de Estados Unidos un proceso discreto en apariencia,
peligroso en su tendencia (Ferreira, 2001: 123).
El
gobierno de Cardoso intentó mantener relaciones amistosas
con los Estados Unidos mediante alguna concesión
(tal como la firma del Tratado de No-Proliferación
Nuclear) que fue duramente criticada en Brasil, pero no
pudo evitar la crucial divergencia acerca del ALCA, cuyo
establecimiento podría afectar profundamente los
intereses económicos y políticos de Brasil.
Este fue el duro centro de la rivalidad, y Cardoso así
lo demostró durante su primer encuentro con el Presidente
George W. Bush en Washington el 30 de marzo de 2001. El
Presidente (Cardoso) y yo hemos tomado la decisión
de que trabajaremos estrechamente para limar cualquier diferencia
que pueda existir, dijo Bush, y Cardoso dijo, Eso
es verdad. Estoy de acuerdo con el Presidente. Creo que
tenemos, por supuesto, de tanto en tanto alguna diferencia.
Eso es normal entre naciones. Ayer el Presidente dijo, americano
primero ser americano. Bueno, yo digo lo mismo, Brasil
primero. Esto es normal. Pero entonces veamos como cooperar.
Bajo cualquier administración, Brasil debería
cooperar con los Estados Unidos, pero no ha aceptado y no
aceptará el ALCA tal como fuera propuesto por Washington.
Y sin Brasil, la mayor clave económica y política
de Sudamérica, el ALCA se tornaría irrelevante
desde el punto de vista de los Estados Unidos.
Brasil
tiene la estructura más diversificada en términos
económicos de todos los países de Sudamérica;
su estructura industrial es más integrada y competitiva,
como se refleja en la proporción del PBI representado
por manufacturación y exportaciones de manufacturas
(más del 50%). El establecimiento del ALCA, si Brasil
participara en él, afectaría las exportaciones
brasileñas de manufacturas hacia otros países
de Sudamérica (Pinheiro Guimarães, 1992).
No sin razón, en 2002 Luiz Inácio Lula da
Silva, líder de la central de trabajadores de izquierda
y candidato presidencial, encabezando las encuestas de opinión
previas a la elección de octubre de 2002, dijo que
el ALCA no es realmente un pacto de libre comercio.
Por el contrario, es una política de anexación
de América Latina a los Estados Unidos. Su
visión reflejaba la opinión mayoritaria en
Brasil.
Al
mismo tiempo, en Washington, Luiz Inácio Lula da
Silva era descrito como un radical que revolucionaría
Brasil y formaría otro eje del mal junto con los
líderes comunistas de Cuba y, supuestamente, Venezuela.
Tal nuevo bloque dominante de poder regional, se sugirió,
intentaría radicalizar más aún el resto
de América Latina. Paul ONeill, entonces secretario
del Tesoro, expresó preocupación acerca de
este potencial desarrollo, y estimuló a los Republicanos
en el Congreso, junto con conservadores identificados con
las belicosas políticas de la administración
de Ronald Reagan en Centroamérica, para solicitarle
a Bush que adoptara una posición más dura
contra Lula da Silva. El congresal Henry J. Hyde le dijo
a Bush que muchos de sus colegas en el Congreso habían
firmado una carta en la que expresaban sus preocupaciones
acerca de la asociación de diez años de Mr.
Lula da Silva con las organizaciones terroristas de América
Latina, Europa y el Medio Oriente en un foro que convino
y organizó en sociedad secreta con Castro.
Según Hyde, existía un real propósito
de que Castro, Chávez y Lula da Silva pudieran constituirse
en un eje del mal en América que podría a
corto plazo disponer de armas nucleares y misiles balísticos
(2002). Constantine C. Menges (2002), un alumno del último
curso en el Instituto Hudson, sugirió que si Estados
Unidos perdiera a Brasil frente a un Marxista como
da Silva, uno de los puntos de la elección
presidencial de 2004 podría bien ser Quién
perdió Sudamérica?.Desde
su punto de vista el nuevo eje del mal era aún
evitable, pero si el candidato por-Castro resultaba
electo presidente de Brasil los resultados podrían
incluir un régimen radical en Brasil, restableciendo
sus armas nucleares y programas de misiles balísticos,
desarrollando estrechos lazos para patrocinar terroristas
como Cuba, Irak e Irán y participando en la desestabilización
de las frágiles democracias vecinas. Esto podría
conducir a 300 millones de personas en seis países
bajo el control de regímenes radicales anti EE.UU.
y la posibilidad de que miles de nuevos indoctrinados terroristas
puedan tratar de atacar los Estados Unidos desde Latinoamérica.
Todavía, la administración en Washington parece
estar prestándole poca atención. David
T. Pyne, quien se desempeñó como gerente responsable
en programas internacionales para la cooperación
con Latinoamérica y en el Departamento del Ejército,
escribió: el Presidente Bush debe actuar inmediatamente
para apuntalar las fuerzas de libertad en Brasil (2002).
Las
relaciones entre Estados Unidos-Brasil continuaron siendo
frías ya que Lula da Silva estableció como
primera tarea la implementación en toda la nación
de un programa de erradicación del hambre y jugó
un rol en la mediación y negociación del fin
de la huelga general contra el Presidente Hugo Chávez
en Venezuela. Pero los asesores de George W. Bush pronto
percibieron que él no estaba ni cerca de ser un terrorista
de izquierda como lo habían pintado Hyde y el Washington
Times . No estableció el default para la deuda externa
brasileña, ganó credibilidad económica
mediante el sostenimiento de las políticas macroeconómicas
y mantuvo el modelo actual y los lineamientos de la política
externa brasileña.
Mientras
enfatizaba su apoyo al MERCOSUR, mediante el concepto de
fortalecer el poder negociador de Sudamérica con
vistas a los Estados Unidos procurando estrechar los lazos
con los vecinos de Brasil en la Comunidad Andina
puso la mira en una positiva relación bilateral con
Bush, a quien visitó el 20 de junio de 2003, y se
unió a él diciendo que los Estados Unidos
y Brasil resuelven crear una relación más
estrecha y cualitativamente más sólida
mediante consultas regulares de alto nivel sobre temas que
van del anti-terrorismo hasta la ayuda de África.
Sin ninguna pregunta, Lula da silva dijo, Creo
que podemos sorprender al mundo en términos de relaciones
En realidad, sin embargo, los intereses nacionales son más
fuertes que los deseos y las palabras. Aún existen
hondas divergencias entre los dos países. El documento
suscrito por Bush y Lula da Silva no hace mención
alguna al liderazgo de Estados Unidos en la guerra de Irak,
la cual Brasil ha denunciado duramente, y el ALCA está
muerto. La intención de Washington de establecerlo
virtualmente fracasó. Brasil, junto con Argentina
y otros países Sudamericanos, tiene serios asuntos
económicos y políticos que van contra el esquema
de libre comercio. Es bastante probable que nunca exista
un ALCA, como lo sueña Washington, que simplemente
perpetua una relación desigual.
Traducido
para La ONDA digital por Cristina Iriarte -Toda reproducción
deberá necesariamente incluir el origen de la traducción.
Título
original: Brazil as a Regional Power and Its Relations with
the United States, publicado por Latin American Perspectives,
Vol. 33, No. 3, 12-27 (2006) - DOI: 10.1177/0094582X06287338.
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